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¿CONFORMIDAD O REBELDIA? Dos caras de una misma moneda

14 Dic

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PRIMERA PARTE

¿Vivir en sociedad nos hace más humanos? ¿Qué significa formar parte de una sociedad? Intentare hacer un breve recorrido, configurando un marco de referencia en el que mostrar la naturaleza social de los fenómenos psicológicos, es decir, poner atención en los factores sociales que influencian a los sujetos.

El inevitable proceso por el que debemos pasar todos para ser “humanos” es la influencia social o influencia interpersonal, dado que vivir en sociedad implica interaccionar con “otros”. Esta influencia social tiene muchas modalidades: la normalización (creación de normas), la percepción o interpretación de la información, la conformidad (sumisión del individuo a la mayoría), la innovación (la modificación de acciones y discursos de la mayoría por parte de una minoría) y la obediencia (aceptar órdenes que provienen de otras personas). En ese sentido, la influencia interpersonal hace referencia a los procesos implicados en la creación de definiciones de cada una de las situaciones en las que nos encontramos (trabajo, casa, gimnasio, pareja, etcétera). Definiciones que se negocian en la interacción, siendo éstas creaciones históricas, situadas en una época y territorio concreto.

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Tenemos muchos ejemplos de estas creaciones: la familia, nuestra orientación sexual, el patriotismo ….. Solo basta con que imaginéis la situación de una madre soltera o un homosexual un siglo antes y ahora, así como en un país determinado u otro. No es lo mismo, ¿verdad? La insumisión o la deserción tampoco tienen el mismo tratamiento si comparamos sus consecuencias según el contexto histórico y social. Hasta hace muy poco (2001) el servicio militar era obligatorio y seguramente todos tenemos algún conocido, antes de que ser insumiso fuera una posibilidad, que si se atrevía a no hacerla, podía ser condenado a un año de cárcel. ¿Somos ahora menos patriotas o quizás lo que representa ser patriota ha cambiado?

La definición de una situación comporta una moral, un sentido de lo que está bien o mal, de lo que es adecuado o no, además de dar sentido a las acciones pertinentes y a las habilidades requeridas para efectuarlas en el contexto específico. La cuestión es,  ¿quién decide este marco de referencia?

Sin duda, lo decide la mayoría y por mayoría, la configuración de un orden social dominante. En ese sentido, siempre ha existido una tensión política y moral a este respecto. En el primer caso, ha habido y hay una fractura entre progresismo (busca formas de entender la realidad para cambiarla y evolucionar) y conservadurismo (intenta explicar la legitimidad de su posición en la sociedad). En cuanto a la tensión moral, existe una preocupación por la manipulación de unas personas por parte de otras y que tras la Segunda Guerra Mundial, se agudizó por el hecho de intentar dar una explicación al exterminio de seres humanos. ¿Hemos aprendido algo?

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Este orden social dominante es el que a través de las normas, aplica un “control social” y con el que se intenta mantener la cohesión grupal. En ese sentido y en términos de conciencia, nuestra vida está condicionada por las normas explicitas e implícitas y que debemos respetar, a no ser que queramos ser sancionados. En el primer caso, las leyes forman parte de nuestra vida a la hora de decidir lo que podemos y no podemos hacer, existiendo toda una estructura social (instituciones) dedicada a esa tarea de control y que desde nuestro nacimiento forma parte de nuestras vidas. En el segundo caso, son las propias personas implicadas en una situación, las que se encargan de aplicar las sanciones a los que se atreven a vulnerar las normas no escritas, a través de las burlas, el ridículo, el aislamiento o las amenazas. Pero es también la propia persona la que se autocastiga si siente que no se ajusta a la “normalidad”, a través de la vergüenza, el rubor, el silencio, la sumisión, etcétera.

Tenemos muchos ejemplos de cómo se han tratado las trasgresiones de las normas, uno de ellos fue el fusilamiento de 306 hombres británicos por deserción o cobardía durante la Primera Guerra Mundial.  Además de perder la vida, las familias de estos hombres tuvieron que vivir con el estigma social que aquello suponía en esa época y que se recogía en el propio certificado de defunción “fusilado por cobardía” o “fusilado por desertor”. Sin irnos muy lejos, en nuestro país y hasta que se creó la ley de Objeción de Conciencia (1984), negarse a prestar el servicio militar obligatorio, estaba penado con un año de cárcel, además de que hacer la “mili” era como un requisito formal para considerarse un “hombre”.

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Monumento Tiro al alba en homenaje a los 306 fusilados británicos

En definitiva, estaríamos hablando de un mecanismo de control social activo y pasivo, pero que no sería el único.

El propio proceso de socialización, que implica entender según los criterios y realidades que se nos inculca desde nuestro nacimiento, lo que percibimos de nuestro exterior e incluso dentro de nosotros mismos, es el mecanismo más poderoso de control, dado que orienta a pensar y a actuar según unos cánones establecidos, y por lo tanto, a plantearnos hasta qué punto valores que creemos son innatos, en realidad son adquiridos.

Otro  mecanismo de control y cuya función sería la de “orientar” a aquellas personas que aún así, se cuestionan el por qué de las cosas y se “rebelan”, así como la de “apartar” a los que no serian adecuados para formar parte del grupo, es el proceso de estigmatización. Incumplir normas explicitas, supondría un acto de rebeldía que debe ser castigado por la pena correspondiente y con la finalidad de que dicho hecho no se vuelva a producir, sin embargo, incumplir una norma “no escrita” sería más difícil de modificar, dado que se consideraría un acto “anormal” y para que la “máquina social” funcione correctamente, se habilitarían las instituciones cerradas o totales (prisiones, psiquiátricos, geriátricos, etcétera). Pensar en la figura de Jesucristo e imaginar qué pasaría, si en estos momentos, alguien se autoproclamara como el salvador del mundo ¿llamarías al servicio psiquiátrico?

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En ese sentido y como planteaba Foucault, en estas instituciones cerradas se busca castigar no un acto sino una individualidad psicológica, creando poderes hegemónicos con políticas que se presentan como verdaderas, y más contundente aún, para este autor instituciones como los psiquiátricos o las prisiones, serian como laboratorios de técnicas de transformación de las voluntades humanas.

Mark Douglas (pionero en la aplicación de la psicología en el trading) al referirse a la relación entre las instituciones y el pensamiento, planteaba un tipo de esclavismo mental al que estamos sometidos, dado que las clasificaciones y categorizaciones con las que pensamos las cosas y nuestros actos, ya nos vienen dadas por la vida social. Según este psicólogo, estas formas de clasificación constituyen cualquier institución social, entendiéndola como un agrupamiento social legitimado y que acaba naturalizándose, es decir, confiriéndole a ella misma y a los valores que transmite, el carácter de innato, cuando en realidad se trata de una creación social. En ese sentido, para Douglas lo fundamental es cambiar las instituciones y no a las personas, ya que el instituido se transforma en el instituyente y viceversa.

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Por lo tanto, cada rol, posición y estatus social determina un conjunto de normas asociadas a unos valores determinados, de  manera que como plantea Henri Tajfel (Teoría de la Identidad Social, 1981), las personas utilizamos categorías para ordenar, simplificar y comprender la realidad social. Categorías que suponen el “nosotros” respecto al “ellos” y por lo que el sentido de la identidad social está determinado por la pertenencia a diferentes grupos. En ese sentido, existe una preferencia por el autoconcepto positivo y por lo que es inevitable la comparación, como planteó Festinger en su teoría de la Comparación Social.

Tajfel planteó que el resultado de que nos comparemos con otros y dada nuestra preferencia por considerarnos positivamente (nadie quiere formar parte del grupo de perdedores), correspondía a la necesidad de construir una identidad social positiva y que supone un incremento de nuestra autoestima. En ese sentido, si el resultado de esta comparación es negativo, el individuo o grupo desfavorecido puede hacer uso de una serie de estrategias para mejorar su identidad: movilidad (cambio de grupo de pertenencia) o creatividad y movilización social (mejora del propio grupo a través del conflicto).

insumisos

Así, aunque las normas restringen las posibles acciones de las personas, también permiten que éstas tengan lugar, ofreciendo un contexto relativamente flexible, es decir, que de la misma manera que nacen en un momento histórico concreto, éstas crecen y se expanden a otras situaciones y momentos, muriendo cuando ya no se utilizan más, teniendo la voz disidente un papel muy importante a la hora de promover el cambio.  El caso de los objetores de conciencia es un ejemplo. Este movimiento que en nuestro país se inició durante el último periodo del régimen de Franco supuso la abolición del servicio militar obligatorio a partir del año 2002 y por el que las normas del código penal militar y las del código penal ordinario, tuvieron que modificarse a este efecto.

Pero para entender cómo se pueden producir estos cambios, debemos entender primero cómo se construye la propia identidad formando parte del grupo y si este condicionamiento a la mayoría deja margen o no para ser realmente libre a la hora decidir.

LOLI J.

BIBLIOGRAFIA

Festinger, L., Schachter, S., y Back, K. (1950). Social pressures in informal groups: a study of human factors in housing. Stanford: University Press.

Festinger, L. (1954). A theory of social comparison processes. Human Relations, 7,117-140.

Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar. Madrid: Siglo XXI, 1982.

Foucault, M. (1990). Tecnologías del yo. Barcelona: Paidós.

Tajfel, H. (1978). The social psychology of minorities. Londres: Minority Rights Group.

Tajfel, H. (1981). Human groups and social categories. Cambridge: Cambridge University Press.

Tajfel, H. (1972/1975). La categorización social. En S. Moscovici (Dir.), Introducción a la Psicología social (p. 349-387). Barcelona: Planeta.

 

 

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Publicado por en diciembre 14, 2016 en PSICOLOGÍA Y COMPORTAMIENTO HUMANO

 

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