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LAS EMOCIONES

20 Abr

TERCERA PARTE

Ahora que tenemos una percepción más completa de lo que suponen las emociones, vamos a tratar hasta qué punto estas pueden influir en nuestra salud.

No hace mucho, le decía a una amiga que está pasando por una situación complicada de salud, que la enfermedad no existe. Os podéis imaginar su reacción ¡¡¡!!!

Evidentemente, todo fuera de contexto puede ser interpretado de mil maneras, recordar que de un mismo hecho, cada uno de nosotros puede sacar diferentes conclusiones y es que esa es una de las particularidades de nuestra psicología, la verdad tiene infinitas caras, así que, me gustaría matizar lo que le había comentado a mi amiga.

Cuando digo que no existe la enfermedad, lo que planteo es que no existe como tal, es más bien una manifestación de algo que se ha ido fraguando hasta materializarse a través de una sintomatología.

La organización Mundial de la Salud (OMS), define la salud como “el estado de completo bienestar físico, mental, espiritual, emocional y social” y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades. Entonces, si no siento de manera completa estos estados, ¿estoy enfermo? No, desde luego que no.

La enfermedad y la salud son un continuo y en el que la mayoría de nosotros nos encontramos en su tramo intermedio, y es que la enfermedad no sólo es un hecho orgánico, depende en gran manera de nuestra conducta, de lo que hacemos, pensamos y sentimos.

La salud seria la capacidad que tenemos para adaptarnos a los distintos estímulos (estrés, toxicidad medioambiental, cambios de alimentación, etcétera), es decir, que nuestro cuerpo siempre se mantiene en un equilibrio inestable, dado que nuestra manera de ser, de afrontar las situaciones y nuestra propia constitución genética, son los elementos que permiten esta capacidad.

Siguiendo este planteamiento, la enfermedad seria el desequilibrio, la resistencia al cambio o la incapacidad para adaptarnos a nuestro entorno.

Entonces, ¿pueden las emociones enfermarnos?

Robert Ader

En 1974 se descubrió que el sistema inmunológico, encargado de defender al organismo de agresiones externas e internas, tenía capacidad de aprendizaje (Ader). Un descubrimiento sorprendente y que más adelante dio lugar a la psiconeuroinmunología.

Esta disciplina estudia las interacciones entre el sistema nervioso, el sistema inmunológico y el sistema endocrino. Los datos que han aportado confirman que las situaciones ambientales y sociales generan estados emocionales negativos (p.e: ansiedad y/o estrés) que son capaces de disminuir la capacidad de nuestro sistema inmunológico de protegernos, por lo que se incrementa el riesgo de ser vulnerables a la enfermedad.

Asimismo, las emociones inciden en el curso de las enfermedades ya diagnosticadas, dado que favorecen el inicio de crisis o de la agravación de las mismas (Bayés y Limonero, 1999).

También han aportado datos como que las emociones negativas pueden distorsionar la conducta de los enfermos (Fernández-Castro y Edo, 1994), así como que emociones negativas crónicas como la ansiedad o la depresión, pueden favorecer los comportamientos insanos y los malos hábitos de salud (no practicar deporte, fumar, dormir poco, mala alimentación, más accidentes, peor humor, etcétera). (Fernández-Castro, Doval, Edo y Santiago, 1993).

En decir, que teniendo en cuenta estos datos, parece deducirse que sí podemos compensar de alguna manera esos estadios en los que nuestro desequilibrio desemboca en una enfermedad. En lugar de dejarnos llevar por la angustia, la desesperación y la rabia, quizás deberíamos tener una actitud más positiva.

Hemos visto que nuestro sistema inmunológico tiene capacidad de aprendizaje, entonces, si nuestra actitud es positiva y hacemos lo posible para “sentirnos” bien, estaremos reforzando esta capacidad, o al menos, no reduciéndola por medio de emociones negativas que pueden acabar siendo crónicas.

Pero veamos con detalle uno de los fenómenos emocionales más complejos y de mayor repercusión en nuestro bienestar, el estrés.

El estrés forma parte de nuestra vida y de hecho está implicado en los mecanismos psicológicos de la adaptación humana, es decir, que es necesario para que actuemos.

En todo caso, existen diferentes maneras de entender lo que es el estrés y que veremos a continuación:

Estrés como situación ambiental. El estrés seria como una condición o estímulo. Donde cada condición tendría asignada una escala y que determinaría en nivel potencial de estrés.

Estrés como apreciación personal.  El estrés seria la valoración de un hecho como amenazador o no para el bienestar personal.

Estrés como una relación de desequilibrio. El estrés seria el desajuste entre lo que nos demanda la situación y los recursos que disponemos para hacerle frente.

Estrés como respuesta a determinadas condiciones ambientales. El estrés seria la respuesta del sujeto (conductuales, fisiológicas o psicológicas) para hacer frente a las demandas del ambiente de la mejor manera posible.

Estrés como consecuencia nociva. De las situaciones planteadas, el estrés seria como la consecuencia de las mismas.

En ese sentido, me parece oportuno hablar del síndrome general de adaptación (SGA) de Selye (1976) y que planteaba como nuestro cuerpo reacciona ante las demandas estresantes del medio. El SGA tiene tres fases: la reacción de alarma (el organismo se activa para actuar), la fase de resistencia (el cuerpo hace frente a la situación) y la fase de agotamiento (el cuerpo es incapaz de mantener por más tiempo la activación).

Si tenemos en cuenta el SGA, las personas con depresión tendrían un nivel de activación muy bajo, por lo que serían más vulnerables a la enfermedad, es decir, que el estrés en exceso es nocivo, pero sin estrés, nuestro sistema inmunológico tampoco funciona correctamente.

Entonces, para ser más correctos en nuestra manera de llamar las cosas, llamaremos al estrés necesario para adaptarnos a nuestro entorno, “estrés positivo” y al estrés que perjudica nuestro bienestar, “estrés negativo”.

El estrés positivo nos excita, nos motiva para desarrollarnos a nivel personal, para descubrir cosas, conocer nuevas personas, actuar, en definitiva. Si la intensidad del estrés es elevada y se prolonga en el tiempo, es cuando hablaríamos del estrés negativo, ya que puede llegar a agotar nuestras reservas, afectando nuestro bienestar en todas sus dimensiones (social, psicológico-emocional, fisiológico y espiritual).

Pero para poder entender mejor lo que significa el estrés, hablaremos de él como si de un proceso se tratara, un proceso que estaría entre las condiciones ambientales y nuestras reacciones fisiológicas, tal y como plantearon Lazarus y Folkman (1984) y más tarde Fernández-Castro y Edo (1996).

El proceso del estrés tiene tres elementos: núcleo del estrés, moduladores y consecuencias. Vamos a hablar en detalle de cada uno de ellos.

NÚCLEO DEL ESTRÉS

Está formado por varios factores: situación, apreciación, fuentes del estrés, afrontamiento, reacción orgánica y estado afectivo.

La situación haría referencia a cualquier condición que pueda ser potencialmente estresante y eso dependerá de la valoración que haga el sujeto de la situación y de los recursos que dispongan para hacerle frente. En ese sentido, se han determinado tres grupos de situaciones potencialmente estresante (fuentes del estrés):

  • Acontecimientos vitales intensos o extraordinarios. Exigen que la persona pase un proceso de adaptación intenso y muy importante, requiriendo habilidades para hacerles frente (p.e.: muerte ser querido, abusos, enfermedad grave, quedarse sin trabajo…), ya que si se prolongan en el tiempo pueden dar lugar a trastornos psicofisiológicos (hipertensión, insomnio, pérdida de hambre) y psicológicos (depresión, ansiedad).
  • Molestias y acontecimientos diarios. Por su efecto acumulativo, pueden llevar a ser tan estresantes como los primeros. Estos estresores cotidianos tendrían que ver con los aspectos laborales, las relaciones familiares, los asuntos económicos y las relaciones sociales. Se pueden compensar con las alegrías diarias (pasar un momento agradable, ir al cine, hacer alguna actividad, etcétera).
  • Situaciones crónicas. Serian situaciones persistentes y aversivas, que al mantenerse en el tiempo, pueden generar mucho estrés (discusiones conyugales, enfermedades prolongadas, mal ambiente laboral…).

Como he dicho, la interpretación que hacemos de cada situación sería la responsable de transformar una situación determinada en una situación estresante, es decir, que el nivel de estrés que experimentamos está relacionado con la manera que tenemos de valorar los hechos de nuestra vida.

Esa valoración, Lazarus y Folkman (1984) la dividen en dos tipos: valoración primaria y valoración secundaria.

La valoración primaria seria la valoración subjetiva que se hace de la situación, es decir, de sus posibles consecuencias. En ese sentido, el resultado puede ser de: irrelevante (no tendría consecuencias), benignopositivo (si ayuda a mejorar el bienestar de la persona) y estresante (si se vive negativamente puede significar una amenaza, daño o pérdida, pero si se vive positivamente puede suponer un reto).

Esta valoración primaria es consciente y controlada, aunque dependiendo de la situación, se podría dar de manera automática, es decir, inconscientemente y con la finalidad de adaptarse al medio.

La valoración secundaria tiene que ver con los recursos disponibles y la propia capacidad para hacer frente a las situaciones. En ese sentido, se valora lo que debe hacerse y lo que puede hacerse, es decir, que se tienen en cuenta los recursos disponibles, la eficacia de las estrategias para afrontar las situaciones y el análisis de las consecuencias. Si en esa valoración, se percibe que no se tienen los recursos necesarios, es cuando el estrés experimentado se incrementa.

Se habla también de una evaluación terciaria y que supondría la reevaluación de la valoración primaria de acuerdo con nueva información que puede proceder del entorno o del propio sujeto.

Cualquier intento de hacer frente a las situaciones, sería el afrontamiento, es decir, el esfuerzo cognitivo y conductual que se desarrolla para hacer frente a las demandas del entorno y que siempre supone un coste (p.e: la fatiga).

Para afrontar situaciones, necesitamos estrategias o estilos de actuación, y de las diferentes clasificaciones planteadas a este respecto, tenemos la de Reeve (1992), que clasifica dos tipos de métodos: el directo y el defensivo.

Como hemos visto, tras la valoración primaria, vendría la secundaria y en la que desarrollaríamos e implementaríamos la estrategia a seguir. En el caso de los métodos de afrontamiento directo, las estrategias más frecuentes serian:

  • Resolución planificada de problemas. Análisis de costes y beneficios según las diferentes opciones que supongan eliminar o reducir la fuente de estrés. Esto no podría realizarse en situaciones en las que la fuente de estrés no podría eliminarse y que exigiría superar otras fases (p.e.: la muerte de un ser querido).
  • Afrontamiento confrontativo. Supone enfrentarse directamente con el problema, aunque podría dar lugar a consecuencias negativas, dado que estaría relacionado con la agresividad producida por la frustración y por lo que una variante más adecuada, sería la de la negociación.
  • Apoyo social. Hace referencia a la red de amistades del sujeto, o de quienes puede recibir ayuda. Este tipo de ayuda es muy importante, sobre todo ante situaciones límite.

Respecto de los métodos de afrontamiento defensivos, lo que hace el sujeto es evitar la fuente de estrés o intentar eliminar la respuesta emocional, cognitiva o fisiológica que ésta produce y con la finalidad de reducir su impacto. En ese sentido, las estrategias más frecuentes son:

  • Mecanismos de defensa. Negación, minimización, distanciamiento, sentido del humor, etcétera, mecanismos que buscan reducir o eliminar la respuesta emocional ante situaciones desagradables.
  • Reducción química del estrés. Consumo de fármacos o drogas para aliviar las respuestas. Tratarían los síntomas y no las causas que los provocan.
  • Otras técnicas. Supondrían la reducción de las respuestas por medio de la relajación, el ejercicio, etcétera.

Entonces, ¿Cuál es la estrategia más adecuada? Decidir qué estrategia es la mejor supone tener en cuenta hasta qué punto ésta ayuda a mantener el equilibrio personal y cómo afecta a  los ámbitos más significativos de nuestra vida.

De diferentes estudios, se desprende que el uso de estrategias más activas permite una mejor adaptación, así como que pensar demasiado en nuestra situación y en cómo nos sentimos (p.e: dar demasiadas vueltas a las cosas, centrarse demasiado en uno mismo), supondría una peor adaptación.

El sentido común nos dice, que debemos ser flexibles y por lo tanto, adaptarnos a las situaciones haciendo uso de la estrategia que más se adecue a ese momento.

MODULADORES DEL ESTRÉS

Los modulares del estrés son factores personales y situacionales que inciden sobre las estrategias que utilizamos, incrementando o reduciendo el impacto del estrés sobre nuestro bienestar.

Los factores personales son las características de cada individuo como: la competencia personal percibida (creencia que tenemos sobre nuestra capacidad de conseguir o no objetivos), expectativas de autoeficacia y de resultados (creencia sobre nuestra capacidad de realizar tareas y de que estas tengan algún resultado), experiencia previa (si nuestra experiencia es negativa, tenderemos a creer, en futuras situaciones, que no tendremos éxito) y rasgos de personalidad (según la personalidad se darán maneras diferentes de afrontamiento: introvertido-extrovertido, neuróticos vs estables, optimistas-pesimistas, etcétera).

Los factores situacionales estarían relacionados con: el apoyo social (la red social del individuo que puede aportar ayuda, bienestar, consejos, etcétera) y las pautas generales (los estereotipos y valores culturales y morales que pueden facilitar o no afrontar la situación).

Lógicamente, a estos factores les tenemos que añadir el estado afectivo del sujeto. El estado afectivo previo a la situación estresora puede condicionar nuestra manera de afrontar la situación, provocando un estado afectivo resultado de esta situación y que interactuaría en sinergia con los moduladores del estrés comentado.

En ese sentido, nuestras emociones cambian durante el proceso de estrés, pudiendo pasar de la desesperación a la alegría o alivio, si se ha solucionado la situación.

CONSECUENCIAS DEL ESTRÉS

Hemos visto cómo el estrés positivo hace referencia al proceso natural por el que nos adaptamos a nuestro medio, por lo que es cuando nuestras respuestas son excesivamente intensas, frecuentes y prolongadas en el tiempo, cuando se convertiría en estrés negativo.

Al principio, este estrés negativo puede suponer trastornos relativamente leves como falta de concentración, fatiga, pérdida del apetito, etcétera y que serían como señales para poder revertir la situación.

No tomar conciencia y prolongar estas situaciones, supone un efecto negativo sobre el sistema fisiológico, el cognitivo y el conductual. Por ejemplo, existe evidencia suficiente que corrobora como un estrés continuado provoca una inmunocompetencia, es decir, que nuestro sistema inmune no trabaja adecuadamente y por lo que, ante agentes patógenos, seriamos más vulnerables a contraer una enfermedad, por ejemplo, a coger una gripe (Cohen, 1996).

En ese sentido, ¿qué podemos hacer? Hemos visto durante este recorrido por el mundo de las emociones, la importancia de nuestra actitud ante la vida, es decir, que aunque no podemos evitar las situaciones desagradables, si podemos intentar que nuestra manera de percibir y afrontar, sean diferentes.

Por supuesto que es difícil, pero no es imposible. Las emociones son como los dulces, nos acaban haciendo dependientes si nuestra experiencia sigue unos mismos patrones y esos patrones los debemos cambiar. No hay recompensa sin esfuerzo y ante situaciones que parecen orientarnos al fatalismo, la negatividad y la percepción de que nada podemos hacer, debemos buscar la manera en la que salir de ese estado: a través de música alegre y motivadora, el hablar con alguien cercano, practicar deporte, meditar o hacer yoga, en fin, hacer todo aquello que nos saque del estado en el que estamos.

La vida no nos aporta las soluciones, somos nosotros mismos los que debemos crear la posibilidad de que estas existan.

En todo caso, os adjunto un link donde se plantean 25 consejos para reducir el estrés.

http://www.vanguardia.com.mx/25consejosparareducirtuestres-1805461.html

Sonreír mucho, es gratis y mejora el ánimo

LOLI J.

BIBLIOGRAFÍA

Ader, R, Felten, D.L. y Cohen, N. (Ed). (1991). Psychoneuroimmunology (2.ªed.) San Diego: Academic.

Bayés, R. y Limonero, J.T. (1999). Aspectos emocionales del proceso de morir. En E.G. Fernández-Abascal y F. Palmero (Ed.). Emociones y Salud (pp. 265-278). Barcelona: Ariel.

Fernández-Castro, J. (1999). Las estrategias para afrontar el estrés y la competencia percibida: influencias sobre la salud. En E.G. Fernández-Abascal y F. Palmero (Ed.), Emociones y salud (pp.365-385). Barcelona: Ariel.

Fernández-Castro, J., Doval, E., Edo, S., y Santiago, M. (1993). L’estrés docent dels Mestres de Catalunya. Barcelona: Departament d’Ensenyament de la Generalitat de Catalunya.

Fernández-Castro, J. y Edo, S. (1994). Emociones y salud. Anuario de Psicología, 61, 25-32.

Lazarus, R.S. y Folkman, S. (1984/1986). Stress, Appraisal and Coping. New york: Springer [traducción: Estrés y procesos cognitivos. Barcelona: Martinez Roca].

Reeve, J. (1992/1997). Understanding motivation and emotion. New York: Rinehart and Winston [traducción: Motivación y Emoción. Madrid: McGraw-Hill].

Selye, H. (1976). Stress in health and disease. Reading: Butterworth.

 

 

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