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Archivo de la categoría: PSICOLOGÍA Y COMPORTAMIENTO HUMANO

EL ESTRÉS EN LA INFANCIA


Somos la única especie que siempre podemos aprender cosas nuevas y como consecuencia hacer cambios en nuestros hábitos y en nuestra vida

David Bueno y Torrens (Barcelona, 1965) es doctor en biología y profesor de genética en la Universidad de Barcelona. Su trayectoria profesional y académica se ha desarrollado en Barcelona y Oxford, y se ha centrado en la genética del desarrollo y la neurociencia, y su relación con el comportamiento humano. Da clases de diversas materias del campo de la genética y ha publicado más de cincuenta artículos científicos en revistas especializadas. En el ámbito de la divulgación científica, ha publicado siete libros para acercar la ciencia a la ciudadanía, así como varios libros de texto. Colabora habitualmente con diversos medios (El Punt Avui, Ara, La Vanguardia). En 2010 ganó el Premio Europeo de Divulgación Científica «Estudio General»

Razón y emoción

Una de las primeras cosas, de la que tenemos un aval científico sólido y que deberíamos aplicar desde ya, es la necesaria combinación de elementos racionales y emocionales en la educación.

Se trata de combinar aprendizajes que sean racionales con estrategias que sean emocionales. A lo largo del tiempo hemos visto cómo cualquier proceso que requiera la memoria funciona mucho mejor si detrás hay componentes emocionales. A veces intentamos aprender procesos biológicos, listados de reyes u obras literarias, y lo hacemos de forma muy racional. En realidad, lo que resulta más útil para que quede grabado en la memoria a largo plazo son las emociones.

Un exceso de información puede  ocasionar estrés

Los cerebros no son todos iguales ni parten de una misma base. Hay personas que se estresan con más facilidad y hay otras que no. Hay personas que son más racionales que otras y personas que gestionan mejor las emociones que otras. Esto también significa que hay cerebros capaces de gestionar una mayor cantidad de información y otros que no.

Nuestros cerebros son capaces de albergar mucha más información de la que jamás tendremos. El problema del exceso de información es que si tenemos la percepción de tener más información de la que querríamos o de la que nos hace falta, el cerebro se estresa. Hay una serie de mecanismos biológicos que activan un conjunto de hormonas que nos generan estrés.

¿Qué es el estrés?

El estrés sirve para defendernos de situaciones que consideramos que son amenazadoras. Por tanto, las personas que se estresan por un exceso de información se defienden de una situación amenazadora, que es justo lo contrario de lo que debería ser la educación. Una de las consecuencias de este estrés es que desregula la redes neuronales de procesamiento más racional y las funciones cognitivas más complejas. Esto juega en contra de lo que es el autocontrol de los procesos de aprendizaje.

Aburrirse es necesario

Para que se desarrolle el cerebro, el niño necesita aburrirse. No necesita estar todo el rato aburrido, por supuesto, necesita hacer actividades interesantes, cosas que le gustan y que le estimulen. Pero necesita momentos diarios de no saber qué hacer, estos momentos son los que hacen que el cerebro busque estrategias para hacer cosas.

Hay experimentos recientes que demuestran que niños que han tenido buenos ratos de aburrimiento, de adultos han sido capaces de tomar decisiones de forma más eficiente. Como aburrirse no gusta a nadie, las personas se montan estrategias para hacer cosas, y hacer cosas implica tomar decisiones. Un niño al que se lo dan todo hecho, poco poder de decisión desarrollará: salen de clase y van a baloncesto, después a inglés, llegan a casa y deben hacer deberes, se duchan, cenan y a la cama.

La educación ha de servir para ayudar a nuestros hijos a crecer con dignidad. Y la dignidad incluye compartir decisiones, tomar las propias y asumir las de terceros. Si tú no sabes tomar tus propias decisiones, no asumirás las de los demás como algo compartido. Para crecer con dignidad hacen falta muchas cosas, pero entre ellas: aburrirse, jugar, organizarse los propios juegos, etc.

Los adultos tienen miedo al aburrimiento porqué lleva al autoconocimiento

Cuando los adultos nos aburrimos pensamos, sobretodo en nosotros mismos, nos psicoanalizamos. La neurociencia demuestra que las personas que dedican un rato a autoanalizarse, lo que se llama meditación, y no en el sentido esotérico de la palabra, favorecen determinadas conexiones neuronales que refuerzan algunas partes del cerebro como la empatía, la creatividad, etc.

La influencia del entorno en el aprendizaje.

La educación empieza antes del nacimiento. El feto ya interacciona con el ambiente. Una persona que crece en un entorno relajado, tendrá una serie de conexiones que harán que tenga más estabilidad. Una persona que crece en un entorno crispado, para protegerse, se formará con unas conexiones que harán que sea más reactivo desde el punto de vista emocional. Será más impulsivo y menos racional. A las personas impulsivas siempre les cuesta más aprender que a los reflexivos. Las personas nacemos con un cerebro predispuesto, pero no determinado.Hay personas que tienen mejor conectada el área de la creatividad y otras el área de la  memoria.

Estimular pero sin forzar

Cada alumno debería ir a su ritmo, su cerebro debería poder madurar a su tiempo. Pero esto no quita que no se le pueda ir estimulando, siempre y cuando no se pase de la frontera que marca su propio desarrollo. Si no estimulas, hay personas que, por su naturaleza, son muy tranquilas, y si no aprenden algo les da absolutamente lo mismo. Hay otros que necesitan aprender cosas nuevas constantemente. Si no estimulas, te arriesgas a que el cerebro madure sin haber adquirido determinados conocimientos.

Cómo ser receptivos al aprendizaje

El cerebro está programado para abrir ventanas en determinados momentos de la vida. Una de las primeras que se abre es la de la sociabilidad. Lo primero que hace un bebé es socializar con su entorno. Después se abren otras ventanas: la motora, la del lenguaje, etc.

Uno de los elementos más poderosos de cohesión social es la emoción. Los políticos apelan a las emociones, no a la racionalidad. La capacidad de vivir en sociedad es un gran estimulador para aprender cosas nuevas. La mejor recompensa de un niño no es decirle “iremos de excursión el fin de semana”, es la mirada de aprobación del profesor, o el hecho de ver que sus amigos están de acuerdo con él. Esto refuerza el aprendizaje, la motivación es imprescindible.

Hay un trabajo reciente muy interesante en el ámbito del estudio de las matemáticas, que es una de las asignaturas que da más miedo. Se ha visto que los profesores que explican matemáticas gesticulando mucho obtienen mejores resultados. Cuando los alumnos recuperan esa información de su cerebro, se les activan muchas más neuronas, entre ellas las del movimiento. Recuerdan mejor lo aprendido y además lo saben aplicar con más facilidad.

La memoria está ligada a un patrón de activación de muchas neuronas diferentes. Cuantas más neuronas se nos activan cuando aprendemos algo nuevo, más facilidad tenemos para recordarlo después. Más profundo es el recuerdo del aprendizaje.

Fuente: blog.tiching.com/david-bueno

Montse M.

 

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ENVEJECIMIENTO Y PROCESOS DE LA MEMORIA


AMOUR

AVISO: ESTE ARTÍCULO RELATA PARTES DE LA PELÍCULA. SI NO LA HAS VISTO ES MEJOR QUE LA VEAS ANTES DE LEER EL POST

No hace mucho, vi una película bastante dura en cuanto a la temática que plantea, el envejecimiento. Existen muchos prejuicios sobre lo que supone entrar en la etapa de la vejez, por lo que me ha parecido interesante analizar desde un punto de vista Psicológico y apoyado en diferentes estudios, lo que les sucede a los personajes de este film.

Se trata de la película “Amour” (2012) de Michel Hanecke y será a través de esta donde podremos contrastar los planteamientos de los diferentes estudios realizados, respecto de la relación envejecimiento y procesos de la memoria.

En este sentido, la película Amour refleja dos supuestos, en cuanto al cambio de los procesos de la memoria a medida que avanza la edad: un cambio de tipo patológico (Anne) y otro de tipo no patológico (George) pero que sin duda se ve condicionado por la salud, concretamente por el nivel de ansiedad y estrés de la situación vivida.

Existen diferentes modelos de envejecimiento, pero como cada persona es un mundo, me inclino por el modelo life-span, un modelo centrado en el ciclo vital puesto que, a pesar de plantearse una serie de declives durante las últimas décadas de la vida, cada persona debe considerarse de una manera específica, dado que son muchos los factores que pueden afectar al rendimiento de las tareas de la memoria, tal y como han demostrado diversos estudios.

Uno de estos estudios, es el longitudinal de Seattle, dirigido por Schaie y en el que se realizan una serie de conclusiones. En primer lugar, concluye que los cambios no se producen por igual en todas las funciones cognitivas, así como que no se debería hablar de un prototipo de ancianidad, dado que cada sujeto debe tenerse en cuenta de manera individual para evaluar su propio proceso de envejecimiento. En la película “Amour”, pueden verse a dos ancianos de clase media, con un nivel cultural bastante elevado y unas condiciones ambientales que lógicamente no podrían compararse con las de un matrimonio de clase obrera dedicado, por ejemplo, a tareas más duras para su salud y en un contexto socioeconómico que no facilitaría la nueva etapa de la vejez.

https://www.youtube.com/watch?v=TbN2kSOqEKM

Otra conclusión de este estudio, hablaría de que no sería correcto asumir un declive irreversible de las capacidades cognitivas por el mero hecho de avanzar en la edad, dado que el estilo de vida o el mantenimiento de los niveles de la función intelectual, serian factores importantes para el mantenimiento de las funciones y que, en el caso de los dos protagonistas, podemos ver reflejado. A pesar de ser dos profesores de música jubilados, continúan con el hábito de la lectura y actividades de tipo cultural que se refleja en sus capacidades cognitivas como la reflexión, la comunicación, control de las emociones, evocación de recuerdos y, en definitiva, una normal autonomía en la gestión de sus vidas.

Sin embargo, en el caso de George, se producen ciertas situaciones que, aunque puntuales, pueden reflejar ciertos desajustes en el funcionamiento de la memoria de trabajo y que formarían parte del proceso normal de envejecimiento. En este sentido, en el momento en el que Anne se queda como catatónica, George no sabe cómo reaccionar, se queda como paralizado y decide finalmente mojar una toalla y refrescar a su mujer. En esa acción y que supone una atención dividida (abrir el grifo, mojar la toalla, cerrar el grifo y atender a Anne), no es capaz de cerrar el grifo, por lo que podrían confirmarse ciertos estudios sobre la atención dividida y en los que el control de la realización simultanea de tareas, suele presentar un claro déficit.

Sobre la atención selectiva, algunos estudios plantean la hipótesis sobre un déficit en los mecanismos de inhibición, del que podría darse un ejemplo en la película, cuando George intenta escribir una carta y una paloma le distrae constantemente de su propósito, hasta que finalmente decide sacarla del piso, posponiendo su escritura.

Sobre la memoria a largo plazo, resulta paradójico el hecho de que George evocara un recuerdo de su niñez de una manera tan clara, narrándoselo por primera vez a su mujer (cuando vio una película de corte romántico), ya que según sugieren algunos estudios, la memoria autobiográfica se recupera mejor cuando los hechos son recientes. En el caso de los hechos del pasado, se plantea que el que éstos parezcan intactos, se debe al hecho de que se han reproducido de manera continuada (cuestión que no se había dado, según el argumento) o que dichos hechos hayan tenido para el evocador una fuerte carga emocional. Según su relato, parece ser que su incapacidad para controlar sus emociones durante aquel suceso, podría justificar un recuerdo tan detallado. Lo mismo sucede con el episodio que relata de cuando era niño y en el que sufrió de difteria.

En este sentido, según Bower y su teoría de la red asociativa de la emoción y la memoria (1981), “cada unidad de emoción está vinculada también con proposiciones que describen acontecimientos de la propia vida durante los cuales se activó esa emoción. La emoción activada se asocia con contigüidad y pertenencia causal con el acontecimiento evocador”. Así, según este autor, las emociones compartirían algunas de las propiedades de los nodos proposicionales en las redes asociativas.

Dicho esto, no puedo evitar relacionar, cómo un recuerdo de esas características, le lleva a tomar la decisión de acabar con la vida de su mujer. Se me ocurre que, a lo largo de la convivencia con ésta, la representación mental que tiene de ella, le hace creer (como reitera a su hija en alguna ocasión) que lo tiene todo controlado, sobretodo el hecho de interpretar cada gesto y mirada de ella. Quizás la representación de Anne en George, producto de sus años de convivencia, de identidad reforzada por los discursos y la necesaria coherencia para adaptarse a una situación tan difícil de soportar, pudieron crear una analogía en la mente de éste, entre su recuerdo de cuando envió a su madre, siendo niño, una postal llena de estrellas (para que lo sacara de aquel internado), y el continuo “duele” balbuceado por Anne, como súplica, según su criterio, para que acabara con aquel sufrimiento.

Al final de la película, podemos ver como en el caso de George, el control de la realidad deja de producirse, de manera que ya no puede discriminar entre la fuente interna (su imaginación) y la externa (los estímulos reales).

En cuanto al personaje de Anne, y que reflejaría un proceso patológico. Se puede ver a lo largo de la película, como un ictus hemorrágico que afecta a su hemisferio izquierdo la paraliza todo el lado derecho del cuerpo (hemiplejia), produciendo una contracción constante de sus músculos y que se refleja con el hombro, codo y mano flexionados en abducción, además de caminar (con ayuda), haciendo lo que se llama “la marcha del segador” y que se trata de un movimiento de la pierna en circunducción. Tras este episodio, aparentemente, sus funciones cognitivas parecen estar intactas. De hecho, es capaz de leer y mantener una conversación sin problemas, de la misma manera que sus recuerdos parecen intactos.

Otra cuestión seria, su estado anímico, y que reflejaría impotencia y desesperación por ser consciente de una situación que sabe es irreversible, sobre todo cuando una mañana tiene que enfrentarse al hecho de haberse hecho pis en la cama, y que la lleva a un estado de depresión que, posiblemente, habría colaborado en que sufriera otro ictus con consecuencias más devastadoras y produciendo un daño irreversible en sus funciones cognitivas.

Puede reflejarse en la película, como se produce la afasia (perdida de la capacidad del habla) y el dolor. Dolor que suele asociarse con alteraciones sensitivas como disestesias (estímulos táctiles se perciben como otra sensación desagradable) o alodinia (el estímulo táctil se percibe como dolor), por no hablar de las escaras debidas a la presión continua de estar tumbada.

Durante la película, se muestra también como Anne sufre de disfagia (alteración de la deglución) y que George interpreta como una señal de su mujer, de querer acabar con su vida.

La influencia del estado de ánimo y las emociones sobre la memoria es indudable (Kwiatkowski y Parkinson, 1994), siendo la relación más estudiada la de la depresión-memoria y que, a lo largo de la película, se intuye por parte de los dos protagonistas, más notable, por lo obvio, en el caso de Anne. Este estado puede verse reflejado en los sentimientos de malestar, la tristeza y desesperación, la pérdida del apetito y los problemas de sueño.

Aunque actualmente no parece existir una explicación generalizable sobre si el funcionamiento de la memoria y la ejecución en otras áreas cognitivas es similar o distinta, comparando a sujetos deprimidos con sujetos no deprimidos, lo que sí parecen revelar algunos estudios, es que los individuos deprimidos muestran problemas de memoria y que estarían relacionados con el estado de ánimo (Ellis, 1990).

Una de las hipótesis que explicaría el hecho de que la depresión reduce los recursos viables por un uso inapropiado de los procesos atencionales y que, en algunos casos, se han visto reflejados en el personaje de George, sería la hipótesis de asignación de recursos, que entiende que la atención se dirige a estímulos irrelevantes o por estar demasiado centrado en sí mismo. Ruiz y Bermúdez (1991), concluyen a este respecto, que la depresión reduce, por un deterioro en la ejecución de la memoria de trabajo, los recursos disponibles para recuperar la información, además de no realizar correctamente las estrategias de recuperación de la misma.

Otra explicación, y de la que personalmente, creo se refleja perfectamente en la película, sería la que plantea que el individuo deprimido, centrado en sus propios sentimientos, tendría poco interés en realizar ningún tipo de actividad que no esté relacionada con su situación personal, de manera que, únicamente pondría en marcha sus recursos y estrategias cognitivas para realizar las tareas que considera relevantes. Podemos ver, en los últimos momentos del film, como George, centra su tiempo en dormir, siendo su única actividad, la de acondicionar a su mujer y escribir una carta a su hija.

LOLI J.

BIBILIOGRAFIA

“Amor” (Amour) (2012). De Michael Hanecke. Producción: Les Films du Losange.

http://www.guiasalud.es/egpc/ictus_ap/resumida/apartado06/manejo_alta03.html [Consultado 12 de mayo de 201]

Ruiz-Vargas, J. (2010). Manual de Psicología de la Memoria. Memorias Falsas (pp.289-320). Madrid: Editorial Síntesis.

 

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LAS EMOCIONES


TERCERA PARTE

Ahora que tenemos una percepción más completa de lo que suponen las emociones, vamos a tratar hasta qué punto estas pueden influir en nuestra salud.

No hace mucho, le decía a una amiga que está pasando por una situación complicada de salud, que la enfermedad no existe. Os podéis imaginar su reacción ¡¡¡!!!

Evidentemente, todo fuera de contexto puede ser interpretado de mil maneras, recordar que de un mismo hecho, cada uno de nosotros puede sacar diferentes conclusiones y es que esa es una de las particularidades de nuestra psicología, la verdad tiene infinitas caras, así que, me gustaría matizar lo que le había comentado a mi amiga.

Cuando digo que no existe la enfermedad, lo que planteo es que no existe como tal, es más bien una manifestación de algo que se ha ido fraguando hasta materializarse a través de una sintomatología.

La organización Mundial de la Salud (OMS), define la salud como “el estado de completo bienestar físico, mental, espiritual, emocional y social” y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades. Entonces, si no siento de manera completa estos estados, ¿estoy enfermo? No, desde luego que no.

La enfermedad y la salud son un continuo y en el que la mayoría de nosotros nos encontramos en su tramo intermedio, y es que la enfermedad no sólo es un hecho orgánico, depende en gran manera de nuestra conducta, de lo que hacemos, pensamos y sentimos.

La salud seria la capacidad que tenemos para adaptarnos a los distintos estímulos (estrés, toxicidad medioambiental, cambios de alimentación, etcétera), es decir, que nuestro cuerpo siempre se mantiene en un equilibrio inestable, dado que nuestra manera de ser, de afrontar las situaciones y nuestra propia constitución genética, son los elementos que permiten esta capacidad.

Siguiendo este planteamiento, la enfermedad seria el desequilibrio, la resistencia al cambio o la incapacidad para adaptarnos a nuestro entorno.

Entonces, ¿pueden las emociones enfermarnos?

Robert Ader

En 1974 se descubrió que el sistema inmunológico, encargado de defender al organismo de agresiones externas e internas, tenía capacidad de aprendizaje (Ader). Un descubrimiento sorprendente y que más adelante dio lugar a la psiconeuroinmunología.

Esta disciplina estudia las interacciones entre el sistema nervioso, el sistema inmunológico y el sistema endocrino. Los datos que han aportado confirman que las situaciones ambientales y sociales generan estados emocionales negativos (p.e: ansiedad y/o estrés) que son capaces de disminuir la capacidad de nuestro sistema inmunológico de protegernos, por lo que se incrementa el riesgo de ser vulnerables a la enfermedad.

Asimismo, las emociones inciden en el curso de las enfermedades ya diagnosticadas, dado que favorecen el inicio de crisis o de la agravación de las mismas (Bayés y Limonero, 1999).

También han aportado datos como que las emociones negativas pueden distorsionar la conducta de los enfermos (Fernández-Castro y Edo, 1994), así como que emociones negativas crónicas como la ansiedad o la depresión, pueden favorecer los comportamientos insanos y los malos hábitos de salud (no practicar deporte, fumar, dormir poco, mala alimentación, más accidentes, peor humor, etcétera). (Fernández-Castro, Doval, Edo y Santiago, 1993).

En decir, que teniendo en cuenta estos datos, parece deducirse que sí podemos compensar de alguna manera esos estadios en los que nuestro desequilibrio desemboca en una enfermedad. En lugar de dejarnos llevar por la angustia, la desesperación y la rabia, quizás deberíamos tener una actitud más positiva.

Hemos visto que nuestro sistema inmunológico tiene capacidad de aprendizaje, entonces, si nuestra actitud es positiva y hacemos lo posible para “sentirnos” bien, estaremos reforzando esta capacidad, o al menos, no reduciéndola por medio de emociones negativas que pueden acabar siendo crónicas.

Pero veamos con detalle uno de los fenómenos emocionales más complejos y de mayor repercusión en nuestro bienestar, el estrés.

El estrés forma parte de nuestra vida y de hecho está implicado en los mecanismos psicológicos de la adaptación humana, es decir, que es necesario para que actuemos.

En todo caso, existen diferentes maneras de entender lo que es el estrés y que veremos a continuación:

Estrés como situación ambiental. El estrés seria como una condición o estímulo. Donde cada condición tendría asignada una escala y que determinaría en nivel potencial de estrés.

Estrés como apreciación personal.  El estrés seria la valoración de un hecho como amenazador o no para el bienestar personal.

Estrés como una relación de desequilibrio. El estrés seria el desajuste entre lo que nos demanda la situación y los recursos que disponemos para hacerle frente.

Estrés como respuesta a determinadas condiciones ambientales. El estrés seria la respuesta del sujeto (conductuales, fisiológicas o psicológicas) para hacer frente a las demandas del ambiente de la mejor manera posible.

Estrés como consecuencia nociva. De las situaciones planteadas, el estrés seria como la consecuencia de las mismas.

En ese sentido, me parece oportuno hablar del síndrome general de adaptación (SGA) de Selye (1976) y que planteaba como nuestro cuerpo reacciona ante las demandas estresantes del medio. El SGA tiene tres fases: la reacción de alarma (el organismo se activa para actuar), la fase de resistencia (el cuerpo hace frente a la situación) y la fase de agotamiento (el cuerpo es incapaz de mantener por más tiempo la activación).

Si tenemos en cuenta el SGA, las personas con depresión tendrían un nivel de activación muy bajo, por lo que serían más vulnerables a la enfermedad, es decir, que el estrés en exceso es nocivo, pero sin estrés, nuestro sistema inmunológico tampoco funciona correctamente.

Entonces, para ser más correctos en nuestra manera de llamar las cosas, llamaremos al estrés necesario para adaptarnos a nuestro entorno, “estrés positivo” y al estrés que perjudica nuestro bienestar, “estrés negativo”.

El estrés positivo nos excita, nos motiva para desarrollarnos a nivel personal, para descubrir cosas, conocer nuevas personas, actuar, en definitiva. Si la intensidad del estrés es elevada y se prolonga en el tiempo, es cuando hablaríamos del estrés negativo, ya que puede llegar a agotar nuestras reservas, afectando nuestro bienestar en todas sus dimensiones (social, psicológico-emocional, fisiológico y espiritual).

Pero para poder entender mejor lo que significa el estrés, hablaremos de él como si de un proceso se tratara, un proceso que estaría entre las condiciones ambientales y nuestras reacciones fisiológicas, tal y como plantearon Lazarus y Folkman (1984) y más tarde Fernández-Castro y Edo (1996).

El proceso del estrés tiene tres elementos: núcleo del estrés, moduladores y consecuencias. Vamos a hablar en detalle de cada uno de ellos.

NÚCLEO DEL ESTRÉS

Está formado por varios factores: situación, apreciación, fuentes del estrés, afrontamiento, reacción orgánica y estado afectivo.

La situación haría referencia a cualquier condición que pueda ser potencialmente estresante y eso dependerá de la valoración que haga el sujeto de la situación y de los recursos que dispongan para hacerle frente. En ese sentido, se han determinado tres grupos de situaciones potencialmente estresante (fuentes del estrés):

  • Acontecimientos vitales intensos o extraordinarios. Exigen que la persona pase un proceso de adaptación intenso y muy importante, requiriendo habilidades para hacerles frente (p.e.: muerte ser querido, abusos, enfermedad grave, quedarse sin trabajo…), ya que si se prolongan en el tiempo pueden dar lugar a trastornos psicofisiológicos (hipertensión, insomnio, pérdida de hambre) y psicológicos (depresión, ansiedad).
  • Molestias y acontecimientos diarios. Por su efecto acumulativo, pueden llevar a ser tan estresantes como los primeros. Estos estresores cotidianos tendrían que ver con los aspectos laborales, las relaciones familiares, los asuntos económicos y las relaciones sociales. Se pueden compensar con las alegrías diarias (pasar un momento agradable, ir al cine, hacer alguna actividad, etcétera).
  • Situaciones crónicas. Serian situaciones persistentes y aversivas, que al mantenerse en el tiempo, pueden generar mucho estrés (discusiones conyugales, enfermedades prolongadas, mal ambiente laboral…).

Como he dicho, la interpretación que hacemos de cada situación sería la responsable de transformar una situación determinada en una situación estresante, es decir, que el nivel de estrés que experimentamos está relacionado con la manera que tenemos de valorar los hechos de nuestra vida.

Esa valoración, Lazarus y Folkman (1984) la dividen en dos tipos: valoración primaria y valoración secundaria.

La valoración primaria seria la valoración subjetiva que se hace de la situación, es decir, de sus posibles consecuencias. En ese sentido, el resultado puede ser de: irrelevante (no tendría consecuencias), benignopositivo (si ayuda a mejorar el bienestar de la persona) y estresante (si se vive negativamente puede significar una amenaza, daño o pérdida, pero si se vive positivamente puede suponer un reto).

Esta valoración primaria es consciente y controlada, aunque dependiendo de la situación, se podría dar de manera automática, es decir, inconscientemente y con la finalidad de adaptarse al medio.

La valoración secundaria tiene que ver con los recursos disponibles y la propia capacidad para hacer frente a las situaciones. En ese sentido, se valora lo que debe hacerse y lo que puede hacerse, es decir, que se tienen en cuenta los recursos disponibles, la eficacia de las estrategias para afrontar las situaciones y el análisis de las consecuencias. Si en esa valoración, se percibe que no se tienen los recursos necesarios, es cuando el estrés experimentado se incrementa.

Se habla también de una evaluación terciaria y que supondría la reevaluación de la valoración primaria de acuerdo con nueva información que puede proceder del entorno o del propio sujeto.

Cualquier intento de hacer frente a las situaciones, sería el afrontamiento, es decir, el esfuerzo cognitivo y conductual que se desarrolla para hacer frente a las demandas del entorno y que siempre supone un coste (p.e: la fatiga).

Para afrontar situaciones, necesitamos estrategias o estilos de actuación, y de las diferentes clasificaciones planteadas a este respecto, tenemos la de Reeve (1992), que clasifica dos tipos de métodos: el directo y el defensivo.

Como hemos visto, tras la valoración primaria, vendría la secundaria y en la que desarrollaríamos e implementaríamos la estrategia a seguir. En el caso de los métodos de afrontamiento directo, las estrategias más frecuentes serian:

  • Resolución planificada de problemas. Análisis de costes y beneficios según las diferentes opciones que supongan eliminar o reducir la fuente de estrés. Esto no podría realizarse en situaciones en las que la fuente de estrés no podría eliminarse y que exigiría superar otras fases (p.e.: la muerte de un ser querido).
  • Afrontamiento confrontativo. Supone enfrentarse directamente con el problema, aunque podría dar lugar a consecuencias negativas, dado que estaría relacionado con la agresividad producida por la frustración y por lo que una variante más adecuada, sería la de la negociación.
  • Apoyo social. Hace referencia a la red de amistades del sujeto, o de quienes puede recibir ayuda. Este tipo de ayuda es muy importante, sobre todo ante situaciones límite.

Respecto de los métodos de afrontamiento defensivos, lo que hace el sujeto es evitar la fuente de estrés o intentar eliminar la respuesta emocional, cognitiva o fisiológica que ésta produce y con la finalidad de reducir su impacto. En ese sentido, las estrategias más frecuentes son:

  • Mecanismos de defensa. Negación, minimización, distanciamiento, sentido del humor, etcétera, mecanismos que buscan reducir o eliminar la respuesta emocional ante situaciones desagradables.
  • Reducción química del estrés. Consumo de fármacos o drogas para aliviar las respuestas. Tratarían los síntomas y no las causas que los provocan.
  • Otras técnicas. Supondrían la reducción de las respuestas por medio de la relajación, el ejercicio, etcétera.

Entonces, ¿Cuál es la estrategia más adecuada? Decidir qué estrategia es la mejor supone tener en cuenta hasta qué punto ésta ayuda a mantener el equilibrio personal y cómo afecta a  los ámbitos más significativos de nuestra vida.

De diferentes estudios, se desprende que el uso de estrategias más activas permite una mejor adaptación, así como que pensar demasiado en nuestra situación y en cómo nos sentimos (p.e: dar demasiadas vueltas a las cosas, centrarse demasiado en uno mismo), supondría una peor adaptación.

El sentido común nos dice, que debemos ser flexibles y por lo tanto, adaptarnos a las situaciones haciendo uso de la estrategia que más se adecue a ese momento.

MODULADORES DEL ESTRÉS

Los modulares del estrés son factores personales y situacionales que inciden sobre las estrategias que utilizamos, incrementando o reduciendo el impacto del estrés sobre nuestro bienestar.

Los factores personales son las características de cada individuo como: la competencia personal percibida (creencia que tenemos sobre nuestra capacidad de conseguir o no objetivos), expectativas de autoeficacia y de resultados (creencia sobre nuestra capacidad de realizar tareas y de que estas tengan algún resultado), experiencia previa (si nuestra experiencia es negativa, tenderemos a creer, en futuras situaciones, que no tendremos éxito) y rasgos de personalidad (según la personalidad se darán maneras diferentes de afrontamiento: introvertido-extrovertido, neuróticos vs estables, optimistas-pesimistas, etcétera).

Los factores situacionales estarían relacionados con: el apoyo social (la red social del individuo que puede aportar ayuda, bienestar, consejos, etcétera) y las pautas generales (los estereotipos y valores culturales y morales que pueden facilitar o no afrontar la situación).

Lógicamente, a estos factores les tenemos que añadir el estado afectivo del sujeto. El estado afectivo previo a la situación estresora puede condicionar nuestra manera de afrontar la situación, provocando un estado afectivo resultado de esta situación y que interactuaría en sinergia con los moduladores del estrés comentado.

En ese sentido, nuestras emociones cambian durante el proceso de estrés, pudiendo pasar de la desesperación a la alegría o alivio, si se ha solucionado la situación.

CONSECUENCIAS DEL ESTRÉS

Hemos visto cómo el estrés positivo hace referencia al proceso natural por el que nos adaptamos a nuestro medio, por lo que es cuando nuestras respuestas son excesivamente intensas, frecuentes y prolongadas en el tiempo, cuando se convertiría en estrés negativo.

Al principio, este estrés negativo puede suponer trastornos relativamente leves como falta de concentración, fatiga, pérdida del apetito, etcétera y que serían como señales para poder revertir la situación.

No tomar conciencia y prolongar estas situaciones, supone un efecto negativo sobre el sistema fisiológico, el cognitivo y el conductual. Por ejemplo, existe evidencia suficiente que corrobora como un estrés continuado provoca una inmunocompetencia, es decir, que nuestro sistema inmune no trabaja adecuadamente y por lo que, ante agentes patógenos, seriamos más vulnerables a contraer una enfermedad, por ejemplo, a coger una gripe (Cohen, 1996).

En ese sentido, ¿qué podemos hacer? Hemos visto durante este recorrido por el mundo de las emociones, la importancia de nuestra actitud ante la vida, es decir, que aunque no podemos evitar las situaciones desagradables, si podemos intentar que nuestra manera de percibir y afrontar, sean diferentes.

Por supuesto que es difícil, pero no es imposible. Las emociones son como los dulces, nos acaban haciendo dependientes si nuestra experiencia sigue unos mismos patrones y esos patrones los debemos cambiar. No hay recompensa sin esfuerzo y ante situaciones que parecen orientarnos al fatalismo, la negatividad y la percepción de que nada podemos hacer, debemos buscar la manera en la que salir de ese estado: a través de música alegre y motivadora, el hablar con alguien cercano, practicar deporte, meditar o hacer yoga, en fin, hacer todo aquello que nos saque del estado en el que estamos.

La vida no nos aporta las soluciones, somos nosotros mismos los que debemos crear la posibilidad de que estas existan.

En todo caso, os adjunto un link donde se plantean 25 consejos para reducir el estrés.

http://www.vanguardia.com.mx/25consejosparareducirtuestres-1805461.html

Sonreír mucho, es gratis y mejora el ánimo

LOLI J.

BIBLIOGRAFÍA

Ader, R, Felten, D.L. y Cohen, N. (Ed). (1991). Psychoneuroimmunology (2.ªed.) San Diego: Academic.

Bayés, R. y Limonero, J.T. (1999). Aspectos emocionales del proceso de morir. En E.G. Fernández-Abascal y F. Palmero (Ed.). Emociones y Salud (pp. 265-278). Barcelona: Ariel.

Fernández-Castro, J. (1999). Las estrategias para afrontar el estrés y la competencia percibida: influencias sobre la salud. En E.G. Fernández-Abascal y F. Palmero (Ed.), Emociones y salud (pp.365-385). Barcelona: Ariel.

Fernández-Castro, J., Doval, E., Edo, S., y Santiago, M. (1993). L’estrés docent dels Mestres de Catalunya. Barcelona: Departament d’Ensenyament de la Generalitat de Catalunya.

Fernández-Castro, J. y Edo, S. (1994). Emociones y salud. Anuario de Psicología, 61, 25-32.

Lazarus, R.S. y Folkman, S. (1984/1986). Stress, Appraisal and Coping. New york: Springer [traducción: Estrés y procesos cognitivos. Barcelona: Martinez Roca].

Reeve, J. (1992/1997). Understanding motivation and emotion. New York: Rinehart and Winston [traducción: Motivación y Emoción. Madrid: McGraw-Hill].

Selye, H. (1976). Stress in health and disease. Reading: Butterworth.

 

 

 
 

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LAS EMOCIONES


SEGUNDA PARTE

Hemos visto como nuestro comportamiento y percepción del mundo están condicionados por nuestro estado de ánimo y que sería como la banda sonora que acompaña nuestra vida, una banda sonora que presenta momentos puntuales de intensidad (positivos o negativos) motivados por determinados hechos o situaciones. Estos momentos serían las emociones.

Son dos las funciones de las emociones: función adaptativa y función social.

Función adaptativa. La emoción dirige la conducta, es decir, motiva su aparición para evitar o aproximarse al objeto que la ha generado.

Función Social. Las reacciones emocionales sirven para expresar nuestro estado afectivo a través de unos medios de comunicación específicos, como son: la expresión facial, los movimientos posturales y la expresión verbal. Estas reacciones nos permiten adaptarnos a nuestro entorno social, de la misma manera que regula la manera en la que los demás reaccionan ante nosotros.

Ambas funciones deben manifestarse con una intensidad adecuada y en un contexto apropiado, por lo que debemos tener en cuenta algo tan importante como el control o la regulación de las emociones.

Controlar nuestras emociones implica tener en cuenta dos mecanismos, el biológico y el sociocultural y que serían los responsables de nuestra regulación emocional.

Del primero ya hemos visto como ante una situación que pone en riesgo nuestra vida, reaccionamos de manera instintiva. Sin embargo, el mecanismo sociocultural implica el condicionamiento social y cultural sobre nuestra manera de expresarnos emocionalmente, así como de comportarnos y afrontar situaciones.

Como vimos en otras publicaciones, la socialización es el mecanismo por el que se forman las personas, y las emociones forman parte de las mismas. En ese sentido, las relaciones interpersonales desde nuestro nacimiento, implican que nuestra conducta expresiva además de influir en el comportamiento de los demás, supone que la conducta de los otros, nos afecta a la hora de comportarnos y en la manera como manifestamos nuestras emociones.

Si pensamos en la frustración, este sería un claro ejemplo de cómo padres sobreprotectores, con la finalidad de que a sus hijos no les falte de nada, los educan sin habituarlos al hecho de que no siempre pueden tener todo lo que quieran. Terrible error, dado que es necesario que experimenten episodios de frustración (no tener lo que quieren) y que se inician con comportamientos como las “pataletas”, que, aunque son molestas, se deben erradicar desde el principio con mucha paciencia y mucha constancia, si no queremos reforzar estas conductas que pueden acabar en futuros comportamientos antisociales cuando no obtengan lo que quieren.

Entonces, ¿Cuál sería una regulación optima de las emociones?

Una regulación óptima, según Daniel Goleman (1995) -autor de Inteligencia emocional-, supone que la persona es capaz de controlar sus emociones en relación consigo mismo y los demás y las normas sociales establecidas, es decir, presentando un funcionamiento psicológico competente y que estaría vinculado a la inteligencia emocional.

Sobre este concepto, Goleman considera que es un rasgo de personalidad y, por lo tanto, difícil de modificar. Sin embargo, para otros autores, se trataría de una habilidad y capacidad, por lo que se podría entrenar.

Personalmente, también creo que la inteligencia emocional se puede entrenar, sobre todo si tenemos en cuenta el mecanismo sociocultural del que hemos hablado y lo que planteamos en la publicación sobre la indefensión aprendida y que tenía que ver con nuestro estilo atribucional.

En ese sentido, la inteligencia emocional (IE) estaría relacionada con los procesos de adaptación, propiciando respuestas adecuadas a los diferentes acontecimientos que debemos afrontar diariamente y disminuyendo las respuestas emocionales inadaptativas como la ansiedad o la depresión.

Autores como Fernández-Berroca, Salovey, Vera, Ramos y Extremera (2002), presentan a las personas con desajuste emocional (IE baja) con un perfil que se caracteriza por estar demasiado centrado en las emociones, baja claridad emocional y la creencia de que no pueden modificar sus estados emocionales, es decir, que experimentan un mayor malestar emocional y con peores relaciones interpersonales, por lo que la IE estaría relacionada con el bienestar y la salud de las personas.

Dicho esto, veamos con más detalle la influencia de nuestro estado emocional sobre diferentes procesos cognitivos, así como sobre el comportamiento de las personas.

CREATIVIDAD

El afecto positivo favorece la creatividad (respuestas innovadoras) y la solución de problemas (Isen, 1993). Afirmación que se desprende de diferentes estudios, en los que las personas que se sienten alegres tienen una mayor flexibilidad cognitiva.

Un ejemplo claro de esta conclusión, lo tenemos en los casos de artistas con la enfermedad maniacodepresiva (trastorno bipolar). En ese sentido, es durante la fase maniaca y que se caracterizan por la sensación de euforia, alta autoestima y exceso de energía, cuando son más productivos en la creación de sus obras (Ernst Hemingway, Virginia Wolf, Robert Schuman o Van Gogh).

TOMA DE DECISIONES

El estado de ánimo positivo incrementa las expectativas de autoeficacia, las posibilidades subjetivas de éxito y la sensación de que controlamos la situación, disminuyendo el riesgo percibido.  Intentar recordar aquellas situaciones en las que estabais emocionados por algún tema en concreto: un viaje, un nuevo proyecto, etcétera. Sin duda, a la hora de tomar decisiones, ese estado de optimismo os hizo ver el vaso medio lleno y, por lo tanto, con posibilidades reales de alcanzar vuestro objetivo.

CONDUCTA PROSOCIAL

Carlson, Charlin y Miller (1988) propusieron varios mecanismos por los que el afecto positivo favorecería una conducta prosocial (ayudar a los demás).

Por un lado, el afecto positivo influye en diferentes procesos cognitivos, por lo que se generaría un sesgo en los mismos y que daría lugar a una conducta prosocial. Por ejemplo, cuando estamos contentos, nos sentimos más positivos, sociables y cooperadores, es decir, que nuestra percepción se altera positivamente en cuanto a la valoración de los demás.

Por otro lado, estos autores sugieren que la conducta prosocial en realidad busca mantener durante más tiempo ese estado de ánimo positivo, dado que ayudar a los demás es por sí mismo gratificante, eso sí, siempre que esa ayuda no suponga una carga o esfuerzo. Esto plantea una cuestión interesante, ¿existe realmente el altruismo?

Finalmente, plantean otro interesante mecanismo y que puede explicar la conducta prosocial, la culpa o más concretamente evitar el sentimiento de culpa que supondría no ayudar, dando lugar a la perdida subjetiva del estado positivo.

Otros estudios, han intentado tratar esta cuestión desde el otro lado del planteamiento, es decir, ¿la conducta prosocial empeora si el afecto es negativo?.  Sobre esta cuestión, Reeve (1992) plantea que la respuesta no es tan sencilla como en el caso anterior, dado que los estados emocionales negativos engloban muchos estados diferentes (miedo, rabia, ansiedad, depresión, etcétera) y, por lo tanto, muchas maneras distintas de pensar y comportarse.

ATENCIÓN Y PERCEPCIÓN

Hemos comentado que la IE influía sobre nuestro bienestar y salud en general, por lo que se hace necesario comentar, cómo nos afectan estados emocionales negativos como la depresión o la ansiedad.

Respecto de la ansiedad, en diferentes estudios se ha observado cómo personas con un alto nivel de ansiedad presentaban sesgos atencionales, es decir que, a la hora de prestar atención, tenían preferencia por los estímulos amenazadores. De la misma manera, su percepción también estaba sesgada, dado que ante estímulos ambiguos tendían a realizar una interpretación de amenaza. Este sesgo perceptivo, también se daba en relación con los estímulos internos (palpitaciones, sudoración, etcétera), dado que los sujetos creían que eran un reflejo de que algo terrible les iba a pasar, una situación que constituye la base de los ataques de pánico.

Respecto de la depresión, los resultados no son tan concluyentes como en el caso de la ansiedad, dado que no todos concluyen que se produce un sesgo atencional. Sin embargo, el sesgo perceptivo si se produce. Los datos concluyen que las personas depresivas interpretan las situaciones ambiguas de manera negativa, es decir, de manera congruente con su estado de ánimo.

Sobre este sesgo, se realizó un estudio con enfermos terminales para comprobar si se podría vincular la percepción del paso del tiempo con el padecimiento o bienestar. En ese sentido, de los enfermos que se sentían regular, mal o muy mal, un 83,5% respondieron que el tiempo se les hacía largo o muy largo.

Sobre esta cuestión, y que da mucho que pensar, os adjunto un link muy interesante en el que se entrevista a John Wearden (Teoría del tiempo escalar/Scalar timing theory) y que intenta explicar el porqué de la relatividad del tiempo. <http://www.uab.cat/PDF/PDF_1340173438747_es.pdf >

MEMORIA

Se han realizado muchos estudios con el objetivo de estudiar la influencia del estado emocional sobre nuestra memoria. Por ejemplo, se ha investigado sobre el recuerdo dependiente del estado emocional (Bower 1981,1987) y de cuyos datos se ha determinado que cuando se aprende con un estado emocional determinado, es más fácil recordar ese contenido si se está en el mismo estado en el que se aprendió (fenómeno contextual de la memoria).

También se ha estudiado sobre el estado emocional congruente, es decir, sobre si la congruencia entre el significado emocional del material y el estado emocional del sujeto, es importante para un mejor rendimiento. En ese sentido, parece que los datos apuntan en positivo, dado que los sujetos recuerdan mejor los datos que estaban en congruencia con su estado de ánimo (p.e: de una lista con palabras de contenido emocional triste y alegre, si se está triste, se recordaran mejor, las palabras relacionadas con la tristeza).

Otros estudios han apuntado a los pensamientos congruentes con el estado de ánimo del sujeto y que ya hemos comentado con el sesgo cognitivo que se produce con las personas depresivas.

No podemos olvidar el incremento en la intensidad del estado de ánimo y que se produce cuando recordamos algo, estamos hablando de la intensidad emocional ligada a la memoria. Bower planteó una interesante teoría (Teoría de la memoria) en la que cada emoción tendría un nodo específico (acontecimientos emocionales vividos de la persona) unido a su vez a otros nodos en forma de red, de manera que, si se activa uno, se activarían otros. Esto implica que no solo almacenamos el recuerdo emocional, sino todos sus elementos (experiencia emocional, respuestas fisiológicas y conductuales). Por ejemplo, imaginar un hecho traumático en vuestra vida, por ejemplo, la mordedura de un perro agresivo. Según Bower, al encontrarse en una situación similar (ver a un perro acercarse), automáticamente recordaríais el suceso, pero además, al activarse otros nodos, sentiríais miedo, os pondríais alerta y seguramente actuaríais intentando evitar que la situación se repita, a pesar de que el perro que tenéis delante, sólo os quiere olisquear, como todos los perros.

APRENDIZAJE Y ORGANIZACIÓN DE LA CONDUCTA

Diferentes estudios han reforzado la idea de que las emociones se pueden aprender (Watson y Rayner, 1920), sobretodo las emociones negativas como por ejemplo el miedo. Este aprendizaje puede, además, generalizarse a otros estímulos parecidos.

Por otro lado, se plantea la cuestión de que determinadas conductas se aprenden mucho más rápido que otras debido a que el organismo esta biológicamente predispuesto a reaccionar debido a su relevancia (concepto de preparación biológica planteado por Seligman).

En ese sentido, Seligman plantea que las fobias serían un ejemplo de aprendizaje condicionado biológicamente, dado que lo que origina las fobias (altura, espacios abiertos, gente, etcétera) resulta relevante para el sujeto (sobre todo si tenemos en cuenta nuestro más básico instinto de supervivencia), es decir, que es más fácil condicionar al miedo con estímulos relevantes para nuestra supervivencia que con estímulos neutros.

Este aprendizaje condiciona nuestra conducta, por ejemplo, el miedo condicionado a un perro que nos mordió en la infancia, daría lugar a conductas de evitación, no sólo ante cualquier perro, sino quizás a otros animales como los gatos. La conducta de evitación estaría motivada por el miedo y se reforzaría por su reducción. Pero del condicionamiento al miedo, hablaremos en otra ocasión.

No hace falta que os diga que el miedo condiciona y mucho nuestra vida, cómo actuamos y qué decisiones tomamos. De hecho, y siguiendo la línea de la conducta de evitación planteada, las conductas supersticiosas se podrían explicar de la misma manera. Como ejemplo tenemos aquellos rituales que se realizan antes de hacer algo importante y que nos hace de amuleto para tener suerte o evitar que algo salga mal.

En su extremo, estas conductas pueden derivar en un trastorno obsesivo-compulsivo y que supone que el sujeto se obsesiona con pensamientos persistentes que sólo puede aliviar por medio de compulsiones, es decir, la necesidad irresistible de hacer o mantener una conducta. ¿Os gusta la serie Big Bang?, pues Sheldon padece, entre otros, un trastorno obsesivo-compulsivo de personalidad. Como ejemplo de compulsión podríamos mencionar cuando éste quiere ver a su amiga Penny. No puede evitar llamar a su puerta un número determinado de veces.

Este tipo de conductas, aunque graciosa en la serie, dificultan la realización de una vida normal, dado que no serían conductas adaptativas.

Pero entonces, ¿Por qué se desorganiza nuestra conducta? A esta pregunta intentó responder Hebb (1955), relacionando los diferentes estados psicológicos con la activación fisiológica (acordaros del componente neurofisiológico-bioquímico que comentamos sobre la emoción).

Hebb planteó que, si se sobrepasa determinado nivel óptimo de activación, la conducta se desorganiza y aparecen las emociones negativas. Por ejemplo, estar excesivamente entusiasmado con algo puede dar lugar a que las preocupaciones o miedos por conseguirlo dificulten estar lo suficientemente centrado para conseguirlo (p.e: hacer un examen).

PROCESAMIENTO DE LA INFORMACIÓN

A raíz de los resultados de diferentes experimentos, parece ser que determinado rasgo de personalidad relacionado con disposiciones afectivas, inciden sobre la manera como procesamos la información y, por lo tanto, sobre la manera como percibimos la realidad.

La dimensión de personalidad más estudiada ha sido la ansiedad-rasgo y de la que se ha concluido, que las personas con ansiedad-rasgo alta tienen una mayor probabilidad de tener respuestas de ansiedad ante estímulos ambiguos, dado que su estilo de procesamiento tiene preferencia por las interpretaciones de amenaza. En ese sentido, dedican más tiempo a procesar las señales de amenaza, detectándolas en menor tiempo. Respecto de su capacidad memorística, también tienen tendencia a recordar mejor hechos traumáticos o desagradables vividos en primera instancia o a través de otros (experiencia vicaria).

No cabe duda, que tras hacer un largo recorrido por algunos de los procesos cognitivos más importantes y en relación con la emoción, podemos concluir que las emociones negativas no solo no nos benefician, sino que además alteran nuestra percepción de la realidad, pero también las emociones positivas con un nivel de activación demasiado alto y que podría llevarnos a no valorar adecuadamente las consecuencias de nuestros actos.

Seguramente pensareis, “si claro, pero ¿cómo puedo controlar mis emociones si me siento estresado o deprimido o agobiado?”. Ciertamente, se tendría que valorar cada situación, sobretodo porque no es lo mismo estar algo triste que sufrir una depresión profunda, pero lo que sí que parece claro, es que podemos generar estados emocionales positivos de muchas maneras: escuchando música alegre y vital cuando estamos algo deprimidos en lugar de dejarnos llevar por el desánimo; viendo una película divertida, que además implica salir de casa y rodearse de más personas o incluso la excusa de llamar al algún amigo/a con el que poder charlar; marcarse objetivos deseados y pensar en ellos, en lugar de aquello que no hemos conseguido; practicar el deporte que más se ajuste a nuestros gustos… en fin, ser capaces de controlar nuestra mente en lugar de dejar que ella nos controle a nosotros.

Es normal vivir situaciones no deseadas, la vida es así, pero cómo gestionamos esos momentos es lo que determina tener o no una vida equilibrada.

LOLI J.

BIBLIOGRAFIA

Bower, G.H. (1987). Commentary on mood and memory. Behavior Research and Therapy, 25 (6), 443-455.

Bower, G.H. (1981). Mood and memory. American Psychologist, 36 (2), 129-148.

Carlson, M., Charlin, V. y Miller, N. (1988). Positive mood and helping behavior. A test to six hypotheses. Journal of Personality and Social Psychology, 55 (2), 211-229.

Fernandez-Berrocal, P., Salovey, P., Vera, A., Ramon, N. y Extremera, N. (2002). Cultura, inteligencia emocional percibida y ajuste emocional: un estudio preliminar. Revista electrónica de Motivación y Emoción, 4 (8-9). http://reme.uji.es

Goleman, D.

Hebb, D.O. (1955). Drives and the conceptual nervous system. Psychological Review, 62, 245-254.

Isen, A.M. (1993). Positive affect and decision making. En M. Lewis y J.M. Havilland (Ed.), Handbook of emotions (pp.261-277). New York: The Guilford Press.

Reeve, J. (1992/1997). Understanding motivation and emotion. New York: Rinehart and Winston [traducción: Motivación y emoción. Madrid: McGraw-Hill].

Watson, J.B. y Rayner, R. (1920). Conditioned emotional reaction. Journal of Experimental Psychology, 3, 1-14.

 

 

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LAS EMOCIONES


 PRIMERA PARTE

El pasado 9 de febrero os hable de la relación entre emoción y razón, mostrando el importante papel de la primera, a pesar de que no siempre se ha considerado así. De hecho, las emociones se relacionaban con nuestra parte más animal y, por lo tanto, como responsables de un comportamiento irracional.

Ya adelantamos, que no es así, dado que las emociones son vitales para tomar decisiones y adaptarnos a nuestro entorno. Se podría decir, que son un tipo de proceso cognitivo, dado que están presentes en otros procesos como la percepción, la memoria, el aprendizaje o el pensamiento.

En ese sentido, profundizaremos un poco más sobre las emociones a lo largo de tres publicaciones. En esta primera, expondré lo que se entiende por emoción, sus principales componentes y clasificaciones según las diferentes perspectivas.

En la segunda publicación, os hablaré de las funciones de la emoción y su relación con otros procesos psicológicos como la toma de decisiones, la creatividad, la atención y la percepción, el aprendizaje, etcétera.

Finalmente, en la tercera publicación, plantearemos un tema muy interesante y que supone la relación entre la emoción y la salud, y en la que hablaremos del estrés y su incidencia en nuestro sistema inmunitario.

¿Qué es una emoción?

Intentar definir la emoción es bastante complicado, dado que existen muchos modelos teóricos y orientaciones que han tratado sobre la misma, y esto supone que cada uno de ellos se haya centrado en las variables que han considerado más relevantes. Esto implica que existen múltiples definiciones y, por lo tanto, una falta de consenso a la hora de establecer una definición general. ¿Cuál sería vuestra definición de emoción?

Kleinginna y Kleinginna (1981) recopilaron 101 definiciones de la emoción estableciendo con ellas once categorías según las variables implicadas y que a continuación os detallo:

  • Categoría afectiva. – Las definiciones que integran esta categoría, dan importancia a los sentimientos y que consideran como las experiencias subjetivas de las emociones, es decir, al sentimiento de agrado-desagrado que se activaría ante un estímulo.
  • Categoría cognitiva. – Esta categoría estaría centrada en la valoración de una situación y su posterior etiquetado, es decir, que estaría centrada en los procesos perceptivos.
  • Categoría basada en los estímulos elicitadores. – Las definiciones señalan que los estímulos exteriores son los que desencadenan las emociones
  • Categoría fisiológica. – Hace hincapié en la dependencia de las emociones de los mecanismos fisiológicos “la experiencia emocional está correlacionada con estados neuroquímicos y factores que controlan estos estados” (Pribam,1980).
  • Categoría emocional/expresiva. – Centrada en las emociones externamente observables, es decir, expresión facial, respiración, entonación de voz, etcétera.
  • Categoría disruptiva. – Pone la atención en los aspectos disfuncionales de la emoción, es decir, en aquellas situaciones en las que “el sujeto no sabe lo que hace”.
  • Categoría adaptativa. – Pone la atención en el papel adaptativo y funcional de las emociones, es decir, que contribuyen en nuestra supervivencia y adaptación al medio.
  • Categoría multidimensional. – Esta categoría engloba un gran número de definiciones y hace hincapié en los diferentes componentes de la emoción: afectivos, cognitivos, fisiológicos y expresivos.
  • Categoría restrictiva. – Esta categoría recoge las definiciones que intentar delimitar la emoción y diferenciarla de otros procesos como, por ejemplo, la motivación.
  • Categoría motivacional. – A diferencia de la categoría anterior, esta plantea que emoción y motivación se superponen y, por lo tanto, las emociones pueden activar sistemas motivacionales. “La emoción es entendida como el principal sistema motivacional” (Izard, 1977).
  • Categoría escéptica. – Esta categoría recoge las definiciones que cuestionan la importancia y valor de la emoción, y que como he comentado al principio, era bastante habitual, dado que la emoción se trataba con tono despectivo.

Como podéis ver, existe una amplia diversidad de definiciones y orientaciones en el estudio de la emoción, aunque actualmente existe una tendencia a reconocerla en su aspecto más multidimensional.

Ahora que habéis visto los diferentes aspectos de la emoción planteadas, ¿mantenéis vuestra definición de emoción o no?

Lo que está claro, de momento, es que debemos considerar la emoción como un fenómeno complejo y multifactorial que incluye, entre otros: la evaluación cognitiva de una situación, los cambios fisiológicos (SNA[i]), las expresiones o conductas visibles (faciales y gestuales), el componente motivacional (intención) y el estado subjetivo-experiencial (aspecto hedónico de la emoción → sentimiento).

Entonces, y teniendo en cuenta esta complejidad, ¿cómo funciona la emoción? Para poder intentar responder a esta pregunta, tendremos que hablar de los componentes de la emoción.

Componentes de la emoción

En 1968, Peter J. Lang planteó el modelo tridimensional de la ansiedad. Este modelo pretendía comprender la ansiedad y los trastornos en los que acaba derivando, un modelo que ha sido aceptado y utilizado posteriormente en muchas investigaciones, y que ha podido ampliarse a cualquier respuesta emocional.

En ese sentido, Lang considera a las emociones como respuestas a estímulos significativos y que se producen en tres sistemas o componentes:

  1. El neurofisiológico-bioquímico
  2. El motor conductual (expresivo)
  3. El cognitivo o experiencial (subjetivo)

Es decir, que para poder entender el funcionamiento de las emociones, se deben considerar estos tres sistemas en su conjunto, dado que si nos basamos en ellos, de manera individualizada, sólo trataríamos una parte de la emoción, y como él mismo comprobó, en su observación de los casos de ansiedad fóbica, es necesario un análisis del triple sistema de respuesta para una mejor comprensión del diagnóstico de los trastornos, en este caso, del estado de ánimo.

Pero veamos cada una de estos sistemas para entender cómo opera la emoción.

El componente fisiológico estaría relacionado con las respuestas psicofisiológicas tanto autonómicas (SNA: actividad eléctrica de la piel, actividad cardiovascular y actividad salival), como somáticas (SNS[ii]: actividad respiratoria y electromiográfica), endocrinas (Sistema Endocrino: segregación adrenalina y endorfinas) y centrales (Sistema nervioso central) que se producen en la reacción emocional. Sobre este sistema, destacar la disciplina de la Psiconeuroinmunología, que analiza la influencia de los fenómenos psicológicos y emocionales en la actividad del sistema inmune, del que hablaremos más adelante.

Estas respuestas fisiológicas que acompañan a las emociones no siempre son percibidas conscientemente por el sujeto, es decir, que no somos capaces de relacionarlas con nuestro estado emocional. Además, son respuestas que no siempre podemos controlar.

El componente conductual o expresivo de la emoción englobaría las conductas externas y observables como pueden ser: las expresiones faciales, los movimientos corporales, las conductas de aproximación-evitación y la conducta verbal (entonación, intensidad, sonidos…).

Este componente está condicionado por nuestra cultura, sociedad y educación, es decir, que nuestra expresión emocional cambia a lo largo de nuestro desarrollo. Pensar en nuestro autocontrol a la hora de adaptarnos a las exigencias que nos imponen las reglas sociales y que cuando somos pequeños, todavía no tenemos del todo desarrollado.

Finalmente, el componente cognitivo-experiencial recoge dos aspectos muy importantes de la emoción: el componente experiencial y el cognitivo. El primero, está relacionado con las vivencias afectivas, el sentir y experimentar las emociones, es decir, con nuestra categorización de agradable o desagradable y que puede variar en intensidad dependiendo de muchos factores.

El componente cognitivo hace referencia a cómo valoramos la situación y a su etiquetado verbal, si somos conscientes de ello. Por ejemplo “soy feliz”, “me siento mal”…

El componente cognitivo-experiencial, a diferencia de los dos anteriores, no puede medirse u observarse, a no ser que se pregunte directamente a la persona o que sea esta la que lo verbalice, por lo que pertenece a lo que se denomina conducta encubierta o no observable directamente. De hecho, una de las cosas que Lang observó y que le hizo plantear su modelo tridimensional de la ansiedad, fue que la valoración subjetiva (componente cognitivo-experiencial) que daban los sujetos con ansiedad fóbica, no se correspondía con las medidas objetivas obtenidas de las reacciones emocionales (componente fisiológico), de ahí la importancia de valorar los tres sistemas conjuntamente.

Una vez expuestos, tanto la definición como los componentes de la emoción, no podemos olvidarnos de comentar cómo se clasifican las emociones. Sobre esta cuestión, tampoco existe un consenso, de hecho, nos encontramos con dos perspectivas bastantes diferenciadas: la biológica y que plantea un modelo discreto de las emociones, y la cognitiva, que plantea un modelo multidimensional.

Clasificación de las emociones

El modelo discreto plantea las emociones básicas y que serían innatas al desarrollarse de manera temprana en el individuo como mecanismo de supervivencia automático y funcional. Estas emociones estarían muy definidas y serian fácilmente identificables por la expresión facial.

Este modelo tiene su origen a partir de las ideas de Darwin (1874) y que planteaba que las expresiones faciales de algunas emociones son universales, así como innatas para la adaptación del individuo al medio, es decir, para facilitar su supervivencia, por lo que la función principal de estas funciones básicas, sería la de favorecer la comunicación social entre los individuos. Imaginar, por ejemplo, que queréis pedir un aumento salarial a vuestro jefe y justo cuando reunís el valor suficiente para hacerlo, le veis entrar en la oficina con cara de pocos amigos. ¿Seguiríais adelante? o ¿aplazaríais la petición para otra ocasión?

No todos los autores de esta perspectiva biologicista están de acuerdo con el número de emociones básicas planteadas, por lo que estas pueden oscilar entre 4 y 10, dependiendo del autor. Por ejemplo, Izard (1977) presenta una lista de 10 emociones básicas en base a tres dimensiones: dimensión positiva (interés, alegría), dimensión neutra (sorpresa) y dimensión negativa (angustia, ira, asco, desprecio, vergüenza, culpa y miedo). En el otro extremo, tendríamos a Trevarthen (1984) y que solo presenta cuatro emociones básicas: alegría, angustia, miedo y rabia.

En ese sentido, los diferentes estudios que se han realizado dan apoyo a esta universalidad de las emociones, aunque se matiza que las normas sociales de cada cultura pueden modificar, disimular o inhibir las expresiones faciales de las mismas. Por ejemplo, pensar en la cultura japonesa. Existen dos términos, el tatemae (comportamiento en público) y el honne (los sentimientos y deseos verdaderos). En ese sentido, el tatemae es el que ha de dominar la situación cuando las emociones son negativas, dado que existe la creencia de que transmiten una energía negativa y, por lo tanto, se deben evitar para no perjudicar a los demás.

Como dato curioso, en 1990 se analizó la actividad cerebral durante la experiencia emocional, mostrando un patrón diferencial en el que el hemisferio derecho de nuestro cerebro está más activo cuando experimentamos emociones negativas y el hemisferio izquierdo cuando las emociones son positivas, aunque no existe una evidencia experimental clara que apoye del todo este planteamiento.

Seguramente, muchos de vosotros os habréis planteado la idea de que existe un abanico más amplio de emociones, además de las básicas o primarias planteadas. Estáis en lo cierto, si tenemos en cuenta que a lo largo de nuestro desarrollo las situaciones son cada vez más complejas y variadas. Lógicamente junto a estas emociones primarias tenemos a las emociones complejas o secundarias y que aparecen cuando somos conscientes de nuestras emociones o como planteo Damasio (1994), “dependientes de procesos corticales”. Como ejemplo de emociones secundarias tenemos: los celos, los remordimientos o el orgullo. Estas emociones, a diferencia de las básicas, pueden no ser detectables a través de la expresión y su aparición estaría condicionada por un mayor número de estímulos o situaciones.

Dicho esto, hablaremos de la perspectiva cognitiva y que plantea el modelo dimensional de las emociones. Este modelo parte de la idea de que las personas tenemos más emociones de las que plantea el modelo biologicista (4-10).

Este modelo, a diferencia del anterior, da protagonismo a la cognición en la emoción, es decir, a la interpretación que hacemos de las situaciones, por lo que una misma situación puede dar lugar a diferentes emociones.  En este sentido, no serían las reacciones fisiológicas lo que diferenciarían las emociones, sino nuestra vivencia o experiencia emocional y la manera como la interpretamos. Volvamos de nuevo al ejemplo en el que queremos pedir un aumento de sueldo. Imaginar que vuestro jefe no sólo no os lo da, sino que además os hecha bronca por tener la osadía de hacer la propuesta. De esta situación se podrían dar diferentes interpretaciones y, por lo tanto, diferentes estados emocionales. Por ejemplo, miedo si pensáis que os puede echar o rabia y frustración si consideráis que lo que os dice es totalmente injusto.

Como una imagen vale más que mil palabras, os presento la ilustración de las emociones según el modelo dimensional y que actualmente pone de manifiesto la existencia de cuatro dimensiones emocionales bipolares: (1) agrado-desagrado, (2) nivel de activación alto-bajo, (3) afecto positivo activado-inactivado y (4) afecto negativo activado-inactivado.

La primera dimensión hace referencia a la valencia hedónica de las emociones, dado que tendemos a pensar en términos de oposición, es decir, si estamos contentos no estamos tristes.

La segunda dimensión estaría relacionada con la excitación y la actividad necesaria para experimentar la emoción, donde la diferencia de intensidad se manifestaría de manera implícita a través del lenguaje.

La tercera y cuarta dimensión (Watson y Tellegen, 1985) se añadieron a las dos primeras, planteadas por Russell (1980) en su modelo circular de las emociones y que pueden entenderse como estados emocionales transitorios o rasgos de personalidad. El afecto positivo se relacionaría con el estado hedónico agradable de las emociones y que puede ser bajo o alto, es decir “inactivado o activado”. Por descarte, el afecto negativo, estaría relacionado con un estado de las emociones desagradable.

Planteados estos dos modelos, no se trataría de establecer la idoneidad de uno sobre otro, más bien, su complementariedad, dado que, dentro de las dimensiones planteadas en el segundo modelo, pueden distinguirse las emociones básicas del primero.

LOLI J.

BIBLIOGRAFIA

Damasio, A. (2004). El error de Descartes. Barcelona: Crítica.

Darwin, C. (1984). La expresión de las emociones en los animales y en el hombre. Madrid: Alianza Editorial.

Izard, C.E. (1977). Human emotion. New York: Plenun.

Kleinginna, P.R. y Kleinginna, A.M. (1981). A categorized list of emotion definitions, with suggestions for a consensual definition. Motivation and Emotion, 5 (4), 345-379.

Lang, P.J. (1968). Fear reduction and fear behavior: Problems in treating a construct. En J.U.H. Shilen (Ed.), Research in psychotherapy, (Vol.3, pp. 90-102). Washington: American Psychological Association.

Pribram, K.H. (1980). The biology of emotions and other feeling. En R. Plutchik y H. Kellerman (Ed.), Emotions, theory research, and experience (Vol.1: Theories of emotion, pp. 245-269). Neu York: Academic Press.

Russell, J.A. (1980). A circumplex model of affect. Journal of Personality and Social Psychology, 39, 1161-1178.

Trevarthen, C. (1984). Emotions in infancy: regulators of contact and relationship with persons. En K.R. Scherer y P. Ekman (Ed.), Approaches to emotion (pp,129-157). New York: Erbaun.

Watson, D. y Tellegen, A. (1985). Toward a consensual structure of mood. Psychosocial Bulletin, 2, 219-235.

 

 

 

 

 

[i] SNA.- Sistema nervioso autónomo

[ii] SNS.- Sistema nervioso somático

 
 

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FAMILIA Y EDUCACION


Últimamente se habla mucho del papel de los padres en el comportamiento de sus hijos, concretamente de la “generación blandita” (os adjunto link de un artículo sobre este tema) <http://www.elmundo.es/papel/todologia/2017/01/11/5874d407268e3e6f3a8b45bc.html> y que sería producto de la hiperprotección.

Sobre este tema y como podéis ver en la infografía que os he colgado, me ha parecido interesante hablar del papel de la familia en la formación de los individuos, y cómo la tipología familiar puede dar lugar a las ventajas y desventajas que se plantean en la misma.

La familia es un escenario de educación interactivo y que evoluciona a lo largo del desarrollo de los sujetos. En ella se adquieren patrones de socialización, es decir, que la socialización empieza, pero no acaba en la misma.

Nuestro desarrollo se produce en entornos de vida donde tienen sentido patrones de actividad, roles e interacciones (familia, colegio, trabajo, etcétera). Cada escenario o entorno de vida, requiere adoptar unos roles y el dominio autónomo de ciertos aspectos de la cultura en la que se está inmerso. Pero esa autonomía debe formarse y la hiperprotección no hace otra cosa que dificultarla, dado que los niños no tendrían la oportunidad de enfrentarse a nuevos retos, tomar decisiones o valorar si una situación es correcta o no.

Dicho esto, podríamos decir que la función de la familia, como escenario interactivo, cumple una serie de objetivos: construir personas adultas; enseñar a afrontar retos, compromisos y responsabilidades; facilitar el encuentro intergeneracional y hacer de red de apoyo social para las diferentes transiciones vitales en las que nos vamos a encontrar durante nuestra existencia.

Los padres deberían asegurar la supervivencia y socialización de sus hijos, aportarles un clima de apoyo y afecto mediante relaciones de afecto y compromiso emocional, así como aportarles la estimulación necesaria que les capacite para interactuar eficazmente con la sociedad.  También deben decidir respecto de la apertura a otros contextos educativos (escuela) mediante acuerdo, para evitar incoherencias y discrepancias. No es que las incoherencias sean negativas, siempre que se gestionen con el niño, pero no parece lógico educar de una manera contradictoria a la ideología o valores que puedan transmitirse en la escuela en los primeros años del desarrollo.

La intensidad de las relaciones interactivas en la familia puede variar según el estilo educativo y que cómo podéis ver en la infografía puede ser de tres tipos: estilo autoritario, estilo permisivo y estilo democrático. Sin duda el estilo democrático es el más idóneo, dado que propicia el equilibrio entre el control de los padres y la autonomía del niño. Además, su alto grado de comunicación favorece el desarrollo tanto intelectual como psicosocial del infante. La calidez y el afecto facilitan que los niños educados con este estilo, sean más sociables.

Lógicamente las ideas que tengan los padres sobre el desarrollo evolutivo de sus hijos y su educación, es un factor importante que afecta al estilo educativo al que van a acogerse. He escuchado muchas veces el tan lamentable “los hijos se crían solos” y que podría encasillarse en el estilo permisivo del que su opuesto seria el autoritario “en esta casa se hace lo que yo diga”, ambos igualmente inapropiados y que tienen en común dos desventajas respecto al desarrollo de los niños: la evitación del conflicto y la inmadurez.

Pero veamos las 4 dimensiones de los estilos educativos y que se reflejan en la infografía: grado de control, ambiente comunicativo, grado de madurez que se exige a los hijos y afecto de la relación.

Grado de control. Sería el grado en el que se ejerce la guía y el control hacia los demás y que depende de:

  • Firmeza y razonamiento. Poner límites, pero aceptando la necesidad de explorar y experimentar, es decir, que se admitiría que el niño pueda cuestionarse las cosas. Los desacuerdos se solventarían con explicaciones, aprobaciones o desaprobaciones.
  • Con comunicación. Compartir el mundo con los hijos y aceptar que en determinados momentos puede haber incomunicación y hostilidad.
  • Control con afecto. Modificar las manifestaciones de amor a lo largo del crecimiento. No podemos tratar a un preadolescente como si todavía fuera un bebé.

Ambiente comunicativo. Sería la capacidad de crear una dinámica en la que puedan explicarse de manera razonada, las normas, decisiones, problemas, etcétera, tanto si son negativas como positivas. En las famosas épocas del “y por qué”, el adulto debe ser capaz de responder a la curiosidad del niño, aunque ello suponga el coste del agotamiento. Reforzar su curiosidad es fundamental para su desarrollo intelectual y ganas de aprender.

Grado de madurez que se exige a los hijos. Son las expectativas que se tienen de ellos y que pueden favorecer las referencias en las zonas de desarrollo, es decir, zonas de desarrollo que no tiene por qué ajustarse a la capacidad del niño. Si estas expectativas son elevadas, se puede generar ansiedad.

Afecto en la relación. Esta dimensión tiene una fuerte influencia sobre las demás dado que se considera como la primigenia y, por lo tanto, estructuradora de las experiencias educativas de la familia.

Dicho esto, ahora podréis comprender mejor la infografía y entender las ventajas y desventajas que supone cada estilo educativo.

LOLI J.

 

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